Ordo salutis: desde la predestinación hasta la glorificación

Escrito por el 5 marzo 2020

El pueblo protestante confiesa gozosamente que la salvación es del Señor. Dios es el que salva al impío.

Hoy queremos enfocarnos en el orden de la salvación (ordo salutis).

1.- Elección

La salvación empezó antes de que el mundo existiera. Dios escogió a los suyos en Cristo antes de la fundación del mundo. ¿Por qué Dios decidió salvar a su pueblo? La única razón fue por pura gracia. Nos escogió no conforme a nuestras obras o decisiones, sino según su buena y perfecta voluntad.

En términos de Wayne Grudem, “Elección es el acto de Dios antes de la creación en el que Él escoge a algunas personas para salvarlas, no a cuenta de ningún mérito previsto en ellas, sino solamente debido a su soberanía y placer”.[1]

2.- Llamamiento eficaz

En un momento determinado de la historia, Dios aplicó su gracia de manera eficaz a los corazones de los suyos. Llamó a su pueblo por medio del Espíritu, abriendo sus corazones para que estuviesen atentos a la predicación de la palabra de Dios.

Como predicó Charles Spurgeon, “Cuando Dios llama, el hombre puede resistir, pero su resistencia nunca será eficaz. […] Cuando Dios dice: Sea la luz, las tinieblas más impenetrables ceden paso a la luz. Si dice: Que haya gracia, el peor pecado cede, y el corazón del pecador más endurecido se derrite ante el fuego del llamamiento eficaz”.[2]

3.- Regeneración

Además de abrir nuestros corazones, el Señor simultáneamente nos concedió una nueva naturaleza, quitándonos el corazón piedra y concediéndonos uno de carne. Se trató de un nuevo nacimiento por el poder de Dios. Gracias a la regeneración, los impíos ahora pueden colocar su fe en Cristo y arrepentirse de todo pecado (cosa que el ser humano no puede ni quiere hacer en su naturaleza caída).

La regeneración, pues, es una obra soberana de Dios, efectuado por su poder divino. Según Martyn Lloyd-Jones, “Es el acto de Dios por el que se implanta un principio de nueva vida en un hombre o en una mujer con el resultado de que la disposición gobernante del alma se torna santa”.[3]

4.- Fe

La primera señal del nuevo nacimiento es fe en el alma, fe salvadora. Es una fe que le cree a Cristo, que abraza al Señor de manera tierna, que persevera en medio de las aflicciones hasta el fin. Esta clase de fe salvadora es un regalo celestial, concedida por el Altísimo. De esta manera nadie puede jactarse de nada que no sea la gracia de Dios.

5.- Arrepentimiento

La fe y el arrepentimiento son los dos lados de la moneda de la conversión. Donde la fe es positiva en el sentido de que abraza a Dios; el arrepentimiento es negativo porque se aparta del pecado. El que se arrepiente de verdad siente dolor y vergüenza por su pecado, confiesa su iniquidad, reforma su vida a nivel interno y externo y está motivado por la contemplación de la bondad de Dios revelada en el evangelio.

6.- Justificación

Una vez que nace fe en el corazón del creyente, Dios le justifica legalmente. Ya que Dios declara que el cristiano es “justo” en base a la obra impecable del Señor Jesucristo, no hay más condenación para el creyente. Está muerto a la ley de Dios (en el sentido legal de la palabra). Es imposible que perezca porque Cristo pagó la deuda de todos aquellos que son de la familia de la fe.

La Declaración Ligonier sobre Cristología (2016) da una definición excelente de esta doctrina: “Afirmamos la doctrina de la justificación solo por la fe, que un pecador es declarado justo delante de Dios solo por la fe en la persona y la obra de Cristo solamente, sin ningún mérito u obra personal. Afirmamos, además, que negar la doctrina de la justificación solo por la fe es negar el evangelio” (Artículo 14).

7.- Santificación

La santificación inicial del creyente se da en el momento de la regeneración; no obstante, este bendito proceso acompaña al creyente hasta la tumba. Mediante la santificación, el hijo de Dios se va haciendo cada vez más semejante a la imagen de Dios y alejándose del pecado.

8.- Glorificación

La santificación del creyente se completará en el gran día de la glorificación, después del cual el siervo de Dios nunca volverá a pecar contra el amor de su Padre. La glorificación de los creyentes servirá para que el nombre del Dios trino –el cual ha efectuado nuestra salvación de principio a fin- sea exaltado eternamente.

¡Gloria a Dios por el ordo salutis, por su magnífica obra de salvación efectuada en nosotros!

Tomado de la pagina del Pastor Will Graham

https://pastorwillgraham.com/


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