Declaraciones polémicas del sacerdote Walter Zapata: el peligro de acomodar la Biblia a nuestros deseos

Las declaraciones del sacerdote colombiano sobre el pecado y el matrimonio reabren el debate sobre la autoridad de las Escrituras. Una reflexión sobre el peligro de utilizar la Biblia fuera de contexto para respaldar las ideas personales.

Las declaraciones del sacerdote  Walter de Jesús Zapata han generado debate en Colombia después de una entrevista en la que cuestionó la manera en que la Iglesia habla del pecado y sostuvo que, cuando se acaba el amor, también termina la relación matrimonial.

Según una publicación del 15 de octubre de 2026, el sacerdote afirmó que la expresión «hasta que la muerte los separe» debía entenderse en relación con la muerte del amor, y no exclusivamente con la muerte física. También recomendó la separación a parejas que atraviesan dificultades. Sus declaraciones han provocado cuestionamientos sobre la enseñanza cristiana del matrimonio y la responsabilidad de los líderes religiosos al interpretar las cuestiones de fe.

El debate plantea una pregunta que va más allá de las palabras de un sacerdote: ¿estamos dejando que la Biblia transforme nuestro pensamiento o estamos interpretando la Biblia para que diga lo que nosotros queremos creer?

Esta cuestión merece una reflexión seria para todos los que afirmamos creer en Dios, independientemente de nuestra denominación o tradición religiosa.

¿Hablar de Dios significa hablar conforme a su Palabra?

En la actualidad, muchas personas hablan de Dios, citan pasajes bíblicos y utilizan un lenguaje espiritual para comunicar sus opiniones. Sin embargo, mencionar a Dios no significa necesariamente que estemos transmitiendo fielmente lo que Él ha revelado en las Escrituras.

Existe una diferencia fundamental entre anunciar lo que Dios ha dicho y presentar nuestras propias ideas como si fueran su voluntad.

El problema aparece cuando nuestros sentimientos, experiencias, preferencias o razonamientos se convierten en la autoridad final para determinar qué significa la Biblia. En ese momento, dejamos de someternos a la Palabra y comenzamos a utilizarla para justificar nuestras propias conclusiones.

La Escritura nos advierte en Proverbios 14:12 (RVR1960): «Hay camino que al hombre le parece derecho; pero su fin es camino de muerte».

Este principio nos recuerda que la sinceridad no garantiza que una persona esté en lo correcto. Podemos estar convencidos de algo, expresarlo con seguridad e incluso creer que nuestras intenciones son buenas, pero aun así estar equivocados.

Por eso, la pregunta no debe ser únicamente si una enseñanza parece razonable, moderna o compasiva. También debemos preguntar si corresponde al sentido verdadero de las Escrituras.

El peligro de sacar la Biblia de contexto

Uno de los errores más graves en la interpretación bíblica consiste en tomar una frase, separarla de su contexto y utilizarla para respaldar una conclusión que el pasaje no enseña.

La Biblia no fue dada para convertirse en una colección de frases que cada persona puede adaptar a sus preferencias. Sus textos deben comprenderse teniendo en cuenta su contexto histórico, literario y teológico, así como el conjunto de la revelación bíblica.

Cuando alguien utiliza un versículo para defender una idea personal, debe preguntarse: ¿qué quiso comunicar el autor inspirado?, ¿a quién se dirigía?, ¿qué significaban esas palabras en su contexto?, ¿cómo se relaciona este pasaje con el resto de las Escrituras?

Estas preguntas son indispensables porque una interpretación incorrecta puede presentar como voluntad de Dios algo que, en realidad, procede del razonamiento humano.

El apóstol Pablo escribió a Timoteo: «Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse, que usa bien la palabra de verdad» (2 Timoteo 2:15, RVR1960).

La expresión «usa bien la palabra de verdad» señala la responsabilidad de tratar fielmente el mensaje recibido. No se trata de encontrar una frase que respalde nuestras opiniones, sino de comprender y comunicar correctamente la verdad revelada.

Este principio también debe aplicarse a quienes enseñan desde los púlpitos, los medios de comunicación, las redes sociales y las plataformas digitales. La influencia pública aumenta la responsabilidad de interpretar cuidadosamente la Biblia.

¿Debe la Iglesia dejar de hablar del pecado?

Las declaraciones del sacerdote  Zapata también suscitan una pregunta importante sobre la predicación del pecado.

Es cierto que el mensaje cristiano no debe comunicarse con crueldad, arrogancia ni desprecio hacia quienes luchan con sus debilidades. Jesús mostró compasión hacia los pecadores y llamó al arrepentimiento. Sin embargo, su compasión nunca significó que el pecado dejara de ser una realidad que debía confrontarse.

Romanos 3:23 declara: «por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios».

Esta enseñanza no permite que nadie se considere superior a los demás. Todos necesitamos la gracia de Dios. Precisamente por eso, el evangelio anuncia tanto la gravedad del pecado como la grandeza de la salvación en Jesucristo.

Si eliminamos el pecado de nuestra predicación para evitar incomodar a las personas, corremos el riesgo de presentar un evangelio que ya no explica por qué necesitamos un Salvador.

Jesús comenzó su proclamación pública llamando a las personas al arrepentimiento y a creer en el evangelio (Marcos 1:15). Por tanto, no podemos separar el amor de Dios de su santidad, ni la misericordia del llamado a abandonar el pecado.

La Iglesia necesita hablar con amor, pero el amor cristiano no exige ocultar la verdad. Al contrario, busca el bien verdadero de las personas, incluso cuando ese bien requiere reconocer errores, arrepentirse y cambiar de dirección.

¿El matrimonio termina cuando se acaba el sentimiento?

Otra cuestión central del debate es la afirmación de que, cuando muere el amor, termina la relación matrimonial.

Esta idea plantea una pregunta importante: ¿debemos definir el matrimonio únicamente por los sentimientos que experimentan dos personas?

La Biblia presenta el matrimonio como una unión seria que implica compromiso, fidelidad y responsabilidad. En Mateo 19:6, Jesucristo declara:

«Así que no son ya más dos, sino una sola carne; por tanto, lo que Dios juntó, no lo separe el hombre».

En su contexto, Jesús responde a una controversia sobre el divorcio. Su enseñanza dirige la atención al propósito de Dios para el matrimonio, en lugar de permitir que los deseos humanos determinen por sí solos las condiciones de la unión.

El amor matrimonial no consiste únicamente en sentir atracción o experimentar felicidad. También incluye paciencia, servicio, perdón y disposición para afrontar juntos las dificultades.

Sin embargo, esta enseñanza no debe utilizarse para minimizar el maltrato, justificar la violencia o impedir que una persona busque protección. Quienes enfrentan abuso o peligro necesitan ayuda y seguridad. Las situaciones matrimoniales complejas requieren orientación responsable y una consideración cuidadosa de los principios bíblicos.

Lo importante es no convertir una experiencia emocional —por profunda que sea— en la autoridad definitiva para establecer qué enseña Dios sobre el matrimonio.

Cuando interpretamos las Escrituras, debemos permitir que su mensaje cuestione nuestras ideas, no obligar al texto a confirmar todo lo que ya pensamos.

El problema de convertir nuestro razonamiento en autoridad suprema

El caso invita a examinar una tendencia que no pertenece exclusivamente a una iglesia o a una persona: la tentación de creer en un Dios que siempre está de acuerdo con nosotros.

Podemos construir una imagen de Dios que aprueba todas nuestras decisiones, evita confrontar nuestros pecados y confirma nuestras preferencias. De esta manera, la religión deja de ser una respuesta humilde a la revelación divina y se convierte en un instrumento para legitimar nuestras propias convicciones.

Pero el Dios de las Escrituras no está sometido a nuestros criterios. Él no cambia su verdad porque una enseñanza resulte incómoda para la sociedad, ni convierte en correcto aquello que nosotros deseamos justificar.

Isaías 55:8-9 nos recuerda que los pensamientos y caminos de Dios son más altos que los nuestros. Este pasaje no nos autoriza a inventar interpretaciones misteriosas para evitar estudiar la Biblia. Nos llama a reconocer humildemente que necesitamos que Dios corrija nuestra manera de pensar.

La verdadera fe no consiste en utilizar a Dios para defender nuestros razonamientos, sino en someter nuestros razonamientos a la verdad que Él ha revelado.

Por eso, antes de afirmar que Dios piensa de determinada manera, debemos examinar si nuestra conclusión procede realmente de las Escrituras o si hemos proyectado sobre ellas nuestras propias preferencias.

¿Cómo debemos responder cuando un líder religioso enseña algo cuestionable?

La respuesta cristiana no debe ser el insulto, la burla ni la condena precipitada de una persona. Tampoco debe consistir en aceptar una enseñanza únicamente porque quien la presenta ocupa una posición religiosa reconocida.

La Biblia llama a examinar las enseñanzas. En Hechos 17:11, los bereanos son elogiados porque recibieron el mensaje con disposición y examinaban cada día las Escrituras para comprobar lo que escuchaban.

Este ejemplo ofrece un principio importante: escuchar con respeto no significa renunciar al discernimiento.

Cuando una declaración pública parece contradecir una enseñanza bíblica, corresponde revisar las palabras originales, estudiar los pasajes pertinentes y evaluar los argumentos con seriedad. También debemos evitar difundir versiones incompletas o atribuir intenciones que no podemos demostrar.

Este llamado al discernimiento se aplica a todos: sacerdotes, pastores, predicadores, maestros bíblicos y creyentes que comparten contenido religioso en internet.

Ningún cargo, popularidad o capacidad de comunicación sustituye la necesidad de interpretar fielmente la Palabra de Dios.

Reflexión final: no hagamos un dios a nuestra medida

La controversia alrededor de las declaraciones atribuidas al sacerdote  Walter Zapata nos permite considerar una pregunta mucho más profunda: ¿estamos buscando conocer al Dios que se revela en la Biblia o estamos construyendo una imagen de Dios que se ajuste a nuestros propios pensamientos?

Hablar de Dios no es suficiente. Necesitamos hablar conforme a su Palabra. Citar la Biblia tampoco es suficiente si ignoramos su contexto, alteramos su significado o utilizamos sus palabras para defender conclusiones que ya habíamos decidido aceptar.

La Escritura debe ser estudiada con humildad, diligencia y reverencia. No fue entregada para que cada generación invente una verdad diferente, sino para que conozcamos a Dios, comprendamos nuestra condición delante de Él y recibamos la salvación que anuncia el evangelio de Jesucristo.

La Iglesia puede revisar sus métodos, mejorar su comunicación y acompañar con sensibilidad a las personas que sufren. Pero la compasión no exige distorsionar la verdad, así como la fidelidad bíblica no justifica tratar a los demás con dureza.

La pregunta que todos debemos hacernos es esta: ¿estoy interpretando la Biblia para conocer la voluntad de Dios o estoy buscando versículos para justificar mi propia voluntad?

Que nuestra respuesta no dependa de lo que nos resulte más cómodo, sino de un examen honesto de las Escrituras. Porque el propósito de la Palabra no es enseñarnos a fabricar un dios según nuestros razonamientos, sino confrontarnos con el Dios verdadero y llevarnos a reconocer su autoridad.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *