¿Jesús estaba coqueteando con la mujer samaritana? Esa fue la expresion que utilizo Helen Alford del Vaticano.

La Monja  Helen Alford, presidenta de la Pontificia Academia de Ciencias Sociales, describió como un «coqueteo» la etapa inicial del encuentro de Jesús con la mujer samaritana.

La religiosa dominica y presidenta de la Pontificia Academia de Ciencias Sociales, utilizó la expresión «coqueteo» al reflexionar sobre el encuentro de Jesús con la mujer samaritana, narrado en Juan 4:1-30.

La declaración tuvo lugar durante una meditación celebrada en el Vaticano el 7 de octubre de 2026, en el marco de un encuentro conmemorativo del décimo aniversario de Amoris laetitia, dedicado a la proclamación del Evangelio a las familias.

Según la información publicada por Vatican News, Alford explicó que un hermano dominico había propuesto esa expresión para describir el comienzo de la conversación. La religiosa la calificó como una provocación útil y señaló que se trataba de un hombre y una mujer que conversaban a solas, en una interacción que inicialmente podía parecer ambigua.

Sin embargo, su reflexión no terminó allí. Alford utilizó el episodio para explicar diferentes etapas de la evangelización: despertar el interés, confrontar la fragilidad humana, abrirse a la verdad y, finalmente, compartir con otros lo recibido de Cristo.

La cuestión que merece nuestra atención es si la expresión elegida representa adecuadamente el sentido del relato bíblico o si introduce una interpretación que puede desviar la atención del propósito central del evangelista Juan.

¿Qué dice realmente la Biblia sobre Jesús y la mujer samaritana?

El relato de Juan 4 presenta a Jesús viajando por Samaria. Cansado del camino, se sienta junto al pozo de Jacob y pide agua a una mujer samaritana.

La conversación comienza con una petición sencilla, pero pronto revela una realidad mucho más profunda: Jesús está mostrando su identidad, exponiendo la necesidad espiritual de la mujer y anunciando la vida que solamente él puede dar.

Juan 4:10 dice en la versión Reina-Valera 1960:

«Respondió Jesús y le dijo: Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: Dame de beber; tú le pedirías, y él te daría agua viva».

Estas palabras marcan la dirección del encuentro. Jesús no se limita a establecer una relación interpersonal ni busca alimentar una ambigüedad sentimental. Conduce la conversación hacia una verdad espiritual: la necesidad humana de recibir el don de Dios.

La mujer piensa inicialmente en el agua material, pero Jesús la dirige hacia una realidad superior. Él habla del agua viva, de la verdadera satisfacción espiritual y de la vida que procede de Dios.

Por eso, el centro del pasaje no es el supuesto coqueteo entre un hombre y una mujer, sino la revelación de Jesucristo como aquel que ofrece vida eterna.

Jesús confrontó el pecado sin renunciar a la compasión

Uno de los momentos decisivos de la conversación ocurre cuando Jesús le pide a la mujer que llame a su marido.

Juan 4:16-18 dice:

«Jesús le dijo: Ve, llama a tu marido, y ven acá.

Respondió la mujer y dijo: No tengo marido. Jesús le dijo: Bien has dicho: No tengo marido;

porque cinco maridos has tenido, y el que ahora tienes no es tu marido; esto has dicho con verdad».

Jesús lleva la conversación hacia una dimensión personal y moral. No evita la realidad de la vida de la mujer, pero tampoco la reduce a su pasado. La confronta con la verdad y, al mismo tiempo, continúa revelándole quién es él.

Aquí encontramos una lección importante para la evangelización: la compasión bíblica no consiste en ignorar el pecado, y la verdad bíblica no exige tratar al pecador con desprecio.

Cristo conoce el corazón humano. No necesita recurrir a una estrategia de seducción para despertar el interés de una persona. Su autoridad, su conocimiento y su gracia son suficientes para llevar al pecador a reconocer su necesidad.

La conversación tampoco termina con la exposición de la historia matrimonial de la mujer. Jesús se revela como el Mesías y la conduce hacia una comprensión más profunda de la adoración verdadera.

El peligro de interpretar la Biblia con categorías humanas

La elección de una palabra no determina por sí sola toda la interpretación de un pasaje. No obstante, las expresiones que utilizamos pueden influir en la manera en que las personas comprenden el carácter y la obra de Cristo.

En la cultura contemporánea, el término «coqueteo» suele asociarse con una aproximación romántica o sexual. Aplicarlo al comienzo de este relato puede llevar a algunos lectores a imaginar una dinámica que el evangelista Juan no presenta explícitamente.

El texto bíblico no dice que Jesús intentara seducir a la mujer samaritana. Lo que sí muestra es que Jesús tomó la iniciativa, atravesó barreras culturales y religiosas, despertó el interés de su interlocutora y condujo la conversación hacia la verdad espiritual.

Juan 4:9 recuerda que los judíos no se trataban habitualmente con los samaritanos. El encuentro, por tanto, ocurre en un contexto de separación social y religiosa. Jesús rompe esa barrera para anunciar una salvación que no depende de la pertenencia étnica, sino de la obra de Dios.

Por eso, debemos distinguir entre una ilustración utilizada por un expositor y el significado que realmente comunica el texto inspirado. Una metáfora puede pretender aclarar un aspecto de la conversación, pero también puede introducir asociaciones que no corresponden al énfasis del pasaje.

La tarea del intérprete cristiano no es hacer que la Biblia se ajuste a las categorías de moda, sino permitir que la Escritura determine nuestras categorías y corrija nuestra manera de pensar.

El encuentro revela la gracia y la santidad de Cristo

La mujer samaritana no aparece en el relato como una persona que descubre su valor mediante una insinuación romántica de Jesús. Es una mujer a quien Cristo se acerca, cuya realidad conoce y a quien ofrece la verdad que necesita.

Juan 4:25-26 dice:

«Le dijo la mujer: Sé que ha de venir el Mesías, llamado el Cristo; cuando él venga nos declarará todas las cosas.

Jesús le dijo: Yo soy, el que habla contigo».

Esta declaración constituye uno de los momentos culminantes del relato. Jesús revela su identidad mesiánica y muestra que la salvación no se encuentra en los esfuerzos humanos por superar la culpa, sino en la persona del Salvador enviado por Dios.

La gracia de Cristo no significa que el pecado carezca de importancia. Significa que Dios, en su misericordia, se acerca a personas pecadoras y les anuncia la verdad que necesitan para conocerlo.

La santidad de Jesús tampoco se ve comprometida por su disposición a hablar con una mujer samaritana de una situación familiar compleja. Por el contrario, el relato manifiesta su pureza, autoridad y propósito redentor: él se acerca al necesitado sin participar en su pecado y sin ocultarle la verdad.

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