Evangelista de 72 años es absuelto tras repartir folletos bíblicos en una “zona segura” LGBT: un fallo que reabre el debate sobre la libertad religiosa

El evangelista británico Richard Johnson, de 72 años, fue declarado inocente después de enfrentar un proceso judicial por distribuir material evangelístico en Soho, una de las zonas de Londres conocidas por su fuerte presencia de la comunidad LGBT.

Un caso que ha captado la atención internacional

La absolución de un evangelista cristiano de 72 años, procesado por repartir folletos bíblicos en un espacio designado como “zona segura” para la comunidad LGBT, ha generado un intenso debate sobre la libertad religiosa y la libertad de expresión en las sociedades democráticas.

Lo que comenzó como una jornada de evangelismo en un lugar público terminó convirtiéndose en un proceso judicial que atrajo la atención de organizaciones defensoras de los derechos humanos, abogados especializados en libertades civiles y comunidades cristianas alrededor del mundo. Para muchos, el fallo representa una victoria para el derecho de expresar pacíficamente las convicciones religiosas; para otros, plantea interrogantes sobre cómo proteger espacios destinados a grupos que históricamente han sufrido discriminación.

Más allá de las posiciones ideológicas, el caso invita a reflexionar sobre una pregunta fundamental: ¿puede un cristiano compartir el evangelio en un espacio público sin que ello constituya un delito?

¿Qué ocurrió con el evangelista?

El hombre, de 72 años, participaba en una actividad de evangelismo callejero cuando ingresó a un área señalizada como “safe zone” o zona segura durante un evento relacionado con la comunidad LGBT. Allí comenzó a entregar folletos que contenían versículos bíblicos y un mensaje centrado en el arrepentimiento, el perdón de los pecados y la salvación ofrecida por Jesucristo.

Algunos asistentes consideraron ofensivo el contenido de los folletos y presentaron una denuncia. Las autoridades iniciaron un proceso para determinar si el evangelista había infringido la legislación relacionada con el orden público o si su conducta podía catalogarse como acoso o intimidación.

Durante el juicio, la evidencia mostró que el hombre no gritó consignas, no utilizó lenguaje insultante, no amenazó a ninguna persona y no impidió el desarrollo del evento. Su única acción consistió en ofrecer voluntariamente literatura cristiana a quienes deseaban recibirla.

Tras analizar los testimonios y las pruebas, el tribunal concluyó que no existían elementos suficientes para demostrar una conducta delictiva y decidió absolverlo de los cargos presentados.

¿Por qué este fallo es tan importante?

El caso trasciende la historia personal de un evangelista. En realidad, toca dos libertades fundamentales reconocidas en numerosas constituciones y tratados internacionales: la libertad de expresión y la libertad de religión.

La libertad religiosa no se limita al derecho de creer en privado. También incluye la posibilidad de manifestar públicamente las propias convicciones mediante la enseñanza, la predicación y la distribución de literatura religiosa, siempre que estas acciones se realicen de manera pacífica y respetuosa.

Precisamente por esa razón, el tribunal consideró que el contenido religioso de un folleto, por sí solo, no puede convertirse automáticamente en un acto criminal. La diferencia entre expresar una creencia y acosar a una persona resulta esencial para preservar una sociedad verdaderamente libre.

El creciente desafío para el evangelismo público

En los últimos años, diversos países occidentales han experimentado un aumento de controversias relacionadas con la predicación en espacios públicos. Mientras algunos gobiernos buscan proteger a grupos vulnerables frente al discurso de odio, numerosas organizaciones cristianas advierten que ciertas interpretaciones legales podrían terminar restringiendo la proclamación del evangelio.

Es importante distinguir ambos conceptos. El discurso de odio busca incitar violencia o discriminación contra personas o grupos. El evangelismo bíblico, en cambio, anuncia un mensaje religioso que llama al arrepentimiento y presenta a Cristo como único Salvador.

La diferencia no siempre resulta comprendida en el debate cultural. Por eso este tipo de decisiones judiciales suele convertirse en un precedente observado cuidadosamente por juristas y defensores de las libertades civiles.

La perspectiva bíblica: proclamar la verdad con amor

La Biblia enseña claramente que los creyentes tienen el mandato de anunciar el evangelio a todas las naciones.

Jesús dijo:

“Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura” (Marcos 16:15).

Ese mandato no depende de la aceptación cultural ni de la aprobación de la sociedad. La Iglesia existe para anunciar las buenas nuevas de Cristo incluso cuando el mensaje resulte incómodo para el corazón humano.

Sin embargo, las Escrituras también establecen cómo debe proclamarse ese mensaje. El mismo Nuevo Testamento insiste en que la verdad nunca debe separarse del amor.

Pedro escribe:

“Estad siempre preparados para presentar defensa con mansedumbre y reverencia” (1 Pedro 3:15).

La palabra mansedumbre describe una actitud humilde, paciente y libre de agresividad. El creyente no está llamado a humillar al pecador, sino a señalar el camino hacia el Salvador.

Pablo añade otra dimensión indispensable:

“Sino que siguiendo la verdad en amor, crezcamos en todo en aquel que es la cabeza, esto es, Cristo” (Efesios 4:15).

La Iglesia falla cuando sacrifica la verdad para evitar el rechazo, pero también cuando defiende la verdad con un espíritu orgulloso o violento.

¿Ofende el evangelio?

Una de las críticas más frecuentes al evangelismo cristiano es que su mensaje puede resultar ofensivo para determinados sectores de la sociedad. La Biblia reconoce precisamente esa realidad.

El apóstol Pablo declaró que la palabra de la cruz es locura para los que se pierden (1 Corintios 1:18). El problema no reside necesariamente en la manera de comunicar, sino en el contenido mismo del evangelio, que confronta el pecado y afirma que toda persona necesita reconciliarse con Dios.

Desde una perspectiva bíblica, todos los seres humanos —sin excepción— somos igualmente culpables delante del Señor.

“Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios” (Romanos 3:23).

Esto significa que el mensaje cristiano no señala únicamente un pecado específico ni condena exclusivamente a un grupo determinado. El evangelio llama al arrepentimiento tanto al religioso como al incrédulo, al moralista como al inmoral, porque todos necesitan la gracia de Cristo.

Libertad religiosa no significa libertad para odiar

Es igualmente importante afirmar un principio bíblico: defender la libertad religiosa no equivale a justificar actitudes irrespetuosas o discriminatorias.

Jesús nunca rebajó la santidad de Dios, pero tampoco trató con desprecio a los pecadores. Se acercó a publicanos, prostitutas y personas rechazadas por la sociedad, llamándolas al arrepentimiento con compasión y verdad.

El evangelista absuelto no fue declarado inocente porque el tribunal respaldara su teología, sino porque determinó que había ejercido pacíficamente un derecho fundamental sin recurrir a la violencia, la intimidación o el acoso.

Ese matiz resulta crucial para la Iglesia contemporánea: los cristianos no buscan privilegios especiales, sino la libertad de obedecer a Cristo dentro del marco de la ley y con respeto hacia todos.

La Iglesia frente a una cultura cambiante

Vivimos en una época donde muchas convicciones bíblicas son cuestionadas por la cultura. Temas relacionados con la sexualidad, el matrimonio, la identidad y la autoridad de las Escrituras generan profundas divisiones sociales.

Frente a ese escenario, algunos creyentes responden retirándose completamente del espacio público. Otros reaccionan con confrontación permanente. Ninguno de esos extremos refleja plenamente el modelo del Nuevo Testamento.

Los primeros cristianos predicaron en ciudades hostiles, fueron perseguidos y comparecieron ante tribunales, pero jamás abandonaron la misión recibida.

Cuando las autoridades ordenaron a Pedro y Juan dejar de predicar, respondieron:

“No podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído” (Hechos 4:20).

Su valentía estaba unida a una vida de integridad y amor por quienes los perseguían.

¿Qué pueden aprender los creyentes de este caso?

Este acontecimiento ofrece varias lecciones prácticas para la Iglesia de hoy.

Primero, el evangelismo sigue siendo una responsabilidad de todos los creyentes. La Gran Comisión no pertenece únicamente a pastores o misioneros, sino a toda la Iglesia.

Segundo, el carácter del mensajero importa tanto como la claridad del mensaje. La firmeza doctrinal nunca debe convertirse en arrogancia.

Tercero, los cristianos deben conocer y defender responsablemente las libertades que permiten anunciar el evangelio en la esfera pública. La libertad religiosa beneficia no solo al cristianismo, sino también a todas las personas para vivir conforme a su conciencia.

Cuarto, la esperanza del evangelista nunca debe descansar en los tribunales, sino en la soberanía de Dios. Una sentencia favorable puede proteger un derecho temporal, pero únicamente el Espíritu Santo puede transformar el corazón de quienes escuchan el evangelio.

Una oportunidad para volver a Cristo

Más allá del debate jurídico, este caso recuerda que el centro del cristianismo no es una batalla cultural, sino una Persona: Jesucristo.

El propósito de repartir un folleto bíblico no es provocar controversia, sino anunciar que Dios ofrece perdón mediante la muerte y resurrección de su Hijo. Ese mensaje sigue siendo el mismo después de dos mil años: todos somos pecadores, Cristo murió por los pecadores y todo aquel que se arrepiente y cree en Él recibe vida eterna.

La Iglesia está llamada a permanecer firme en esa verdad, proclamándola con valentía, humildad y amor, aun en medio de una cultura que cada vez cuestiona más la autoridad de la Palabra de Dios.

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